GUILLERMO STABILE
Un crack, cuya figura agiganta el paso del tiempo.
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Por
Luis Carlos Ruiz
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Hijo del barrio de Parque Patricios.
Padre de origen italiano, madre criollla, una familia numerosa y humilde, fueron
marco de su nacimiento, casi con el club de sus amores, el 17 de enero de 1906.
Sus pininos en el fútbol tuvieron lugar en un club de la zona, Sportivo
Metán, para al poco tiempo ingresar a la cuarta división del Globo.
Delgado, de apariencia frágil, pero con una velocidad llamativa, mas
propia de un atleta que de un futbolista de la época, comienza como wing
derecho, aunque su esplendor, como veremos, lo alcance como centre forward,
hoy centro delantero.
Con el Globo en su pecho.
Su talento pintaba y comenzaba a
estar en boca de todos los aficionados, por lo que su debut en la primera división
no tardaría en producirse.
Sólo 18
años y tuvo la oportunidad. Claro el desafío no era fácil,
Huracán jugaba un segundo partido desquite contra Boca Juniors que podría
definir al campeón de 1923.
Ese domingo, 30/3/1924, en la cancha de Sportivo Barracas, repleta de un público
ansioso y bullicioso y ante la imprevista ausencia de Lameu se puso en el centro
de la delantera. A su derecha nada menos que Loyzo y J. Rodriguez y a la izquierda,
A. Chiesa y Onzari.
En lo personal no fue su mejor actuación, pero tuvo decisiva participación
en la jugada del segundo gol y en definitiva, Huracán ganó 2 a
0.
El Filtrador, como se lo apodó, por su velocidad y habilidad para avanzar
entre los zagueros contrarios y llegar al gol, había ingresado al fútbol
grande.
Jugó desde 1924 a 1930, participó en 118 partidos y marcó
104 goles, detrás de Angel Chiesa con casi el doble de juegos, el mayor
artillero del Club en la época del amateurismo.
Campeón del Huracán de 1925 y goleador del equipo campeón
de 1928, donde marcó 28 goles, con una particularidad: 10 de ellos fueron
convertidos en los cuatro últimos partidos.
Con la celeste y blanca.
Su velocidad, su precisión
para definir y su singular capacidad goleadora, le hicieron un lugar entre las
grandes figuras que existían en esta última etapa del amateurismo.
Si bien recibió una primera convocatoria para integrar la selección
argentina que disputó el Sudamericano de 1926 en Chile, como reemplazo
de Gabino Sosa, aunque no pudo ingresar, fue el primer mundial de fútbol
de 1930 quien lo consagró.
Viaja
a Montevideo como suplente de Manuel Nolo Ferreira, estrella del fútbol
de esta tierra, centro delantero que había participado en los Juegos
Olímpicos de Amsterdan y en el Sudamericano de Lima en 1929, pero ante
una indisposición de Norberto Cherro, cuentan que fue una crisis de nervios,
termina siendo titular indiscutible de la selección argentina.
Su primer gol mundialista lo convierte el 19 de julio de 1930, en el estadio
Centenario contra los mexicamos a los 8 minutos y en este mismo partido anota
en dos oportunidades más. Tres goles en un único encuentro de
un mundial con la camiseta Argentina, no fue poco, a punto tal, que solo lo
iguala mucho después Gabriel Batistuta,
Pero la cuenta no paró allí. Dos goles le marcó a Chile,
otros dos a Estados Unidos y en la final uno a los uruguayos, con lo que totalizó
ocho goles en solo cuatro partidos y con ellos se convirtió en el máximo
goleador de ese histórico primer torneo mundial de fútbol.
Una verdadera hazaña de este Quemero, que se dimensiona si decimos que
Diego Maradona, conquistó la misma cantidad de goles, pero participando
en cuatro mundiales, que sólo fue superado como máximo goleador
argentino en mundiales por Gabriel Batistuta, claro que nuestro crack únicamente
estuvo presente en el mundial del 30 y que él junto con el cordobés
Mario Kempes, aunque con 6 goles en 1978, son los únicos jugadores argentinos
que resultaron los mayores anotadores en estas fiestas máximas del deporte
del fútbol, la Copa del Mundo.
Ahora su destino era Italia.
Volvió a la Argentina, pero
las noticias de sus dotes de notable goleador habían traspuesto fronteras
y llegaron rápidamente al viejo mundo.
El Génova de Italia lo puso en su mira y por una suma millonaria de dinero
y ofreciéndole un contrato imposible de resistir para la época,
lo contrató.
Había
llegado la hora de la despedida de sus hinchas y de su Club.
El 25 de Octubre de 1930, vistió por última vez nuestra camiseta
frente a Velez Sarsfield, partido que terminó en empate 1 a 1, con gol
de Loyzo de penal.
La vieja cancha de madera de Huracán, fue el escenario, a la que asistieron
muchos aficionados para testimoniarle su afecto y reconocimiento.
Las felicitaciones de Caucia, el capitán y en nombre de los jugadores
rivales, el Presidente de Huracán, D. Félix Iñarra Iraequi
y los aplausos de la nutrida concurrencia le saludaron.
La Nación del día después transcribía las palabras
de despedida de "El Filtrador" : "Sea La Nación que me
ha alentado siempre con sus juicios, la que me despida de todos los aficionados
de la Argentina. Que en mi cordial abrazo a todos, entiendan que me voy asegurando
mi porvenir".
No había tiempo que perder, luego del partido contra los fortineros se
casó y el miércoles se embarcó en el Conte Rosso iniciando
la travesía transatlántica que lo depositaría en su destino
final.
Luego de una escala en Barcelona, donde comenzaron a acompañarlo dirigentes
del club italiano, en el puerto de Génova lo esperaba una multitud, que
lo había esperado en el muelle desde hacía muchas horas y que
lo ovacionó.
Fue tanta la espectativa que había generado entre los tifosis este delantero
de Parque Patricios, que a solo dos días de su arribo tuvo que ponerse
nuevamente los cortos.
Su debut, el 16 de noviembre de 1930, no sería fácil, es que su
nuevo club y en su casa debía enfrentar al Bolognia, quien encabezaba
la tabla de posiciones de un torneo que ya se había iniciado.
Pero este Quemero era un verdadero crack y estaba decidido a demostrarlo. Quince
días embarcado, sin conocer a sus compañeros y sin tiempo siquiera
para acomodarse a esa nueva vida, no fueron obstáculo. Entró esa
tarde a la cancha e hizo delirar a los genoveses con tres goles, que le dieron
la victoria a su equipo y que aún son recordados con elogio por la historia
oficial del Club.
Fueron cinco años en el Genova plagados de éxito, tanto en lo
futbolístico, como en lo personal, con algunos infortunios como esas
dos lesiones importantes, ambas similares: fractura de tibia y peroné,
que lo alejaron de las canchas por un tiempo.
Luego fue el turno del Nápoli, allí jugó 21 partidos aunque
no logró convertir y finalmente el Red Star de Francia, donde su llegada
fue saludada por el diario "París Soia", con el apodo del "Nuevo
ídolo de París".
Un gran entrenador
En total vivió 9 años
en Europa y tal vez, los tambores del comienzo de una segunda guerra mundial
apresuraron su regreso.
De su paso por Francia traería su curso de entrenador, con sus primeros
palotes en el club Red Star y seguramente también, la enseñanza
europea del sentido profesional que debía tener un jugador fútbol.
En su concepción, si lograba sumar en el futbolista argentino la responsabilidad,
el orden y la disciplina a sus condiciones técnicas naturales, se estaría
en presencia jugador insuperable.
Su estreno como director técnico no podía ser otro, que en ese
club que lo había visto nacer en el mundo futbolero: Huracán,
y no le fue nada mal. En ese año, 1939, El Globo obtiene el sub-campeonato
que recordamos todos detrás de Independiente y la experiencia conductiva
la repite en 1942/3, esta vez con honrosos terceros puestos.
También manejó los equipos de San Lorenzo, Estudiantes, Ferro,
Racing y asesora a Independiente en la década del 60.
En este ámbito de clubes del fútbol local su mayor logro lo obtiene
con la Academia, a quien la conduce a conseguir su primer título de campeón
en el profesionalismo. Halago, que reitera por tres años consecutivos:
1949, 1950 y 1951, algo inusual para la época.
Y si en esta faceta de su actividad fue exitosa, mucho más lo fue conduciendo
a los equipos nacionales.
Su primera oportunidad fue el 13 de agosto de 1939, enfrentando a Paraguay por
la Copa Chevallier Boutell, en el estadio de Puerto Sajonia, en Asunción,
donde Argentina gana 1 a 0.
Desde ese momento e ininterrumpidamente fue el director técnico de nuestras
selecciones nacionales por mas de 20 años. En total fueron 127 partidos,
de los que ganó 85, empató 21 y fue derrotado solo en 21 oportunidades.
Pero si tamaña campaña hoy resulta impensable que descanse en
un único técnico, mucho más improbable es que pueda superárselo
en la obtención de Campeonatos Sudamericanos. Seis fueron estos laureles,
en los años 1941, 1945, 1946, 1947, 1955 y 1957, marca que lo convierte
en el técnico argentino más ganador de estas copas.
Muchos años, muchos logros y algún fracaso, como lo fue la actuación
Argentina en el Mundial de Suecia de 1958, la única participación
de nuestro fútbol en una Copa del Mundo en las décadas del 40
y del 50.
La prensa lo golpeó y aunque ese fracaso era compartido por jugadores
y dirigentes, él cargó con toda la responsabilidad.
Lamentablemente, nadie recordó aunque más no fuera por próximo
en el tiempo, que también había sido el responsable de armar una
de las mejores y reconocidas selecciones del país, con la que se gana
en 1957 el Sudamericano de Lima, venciendo holgadamente a Brasil, paradójicamente
el próximo campeón mundial.
La sola mención de esa delantera formada por Corbata, Maschio, Angelillo,
Sívori y Cruz, es suficiente, aún después de 51 años,
para valorar el poderío y calidad futbolística de ese equipo.
Claro, ni Maschio, ni Angelillo, ni Sívori, "los ángeles
con la cara sucia", viajaron al mundial sueco, producto de ese autismo
criollo futbolero de pensar, que no era necesario convocar a quienes brillaban
en el extranjero, porque aquí estaban los mejores. Entre otros el legendario
Angel Labruna, con casi 40 años.
La despedida
Si bien ese trance amargo lo impactó
en lo anímico; solía decir "Fue una pelea larga y difícil,
que yo venía ganado por puntos con bastante facilidad y claridad. Sin
embargo, después perdí por KO en el último round",
el reconocimiento de la AFA designándolo al frente de la Escuela de Técnicos
y confirmándolo en su cargo, en parte mitigaron su amargura.
Volvió al éxito. En 1960 obtiene en San José de Costa Rica
el campeonato panamericano y poco después se alejará definitivamente
de la conducción de los equipos representativas argentinos.
Inesperadamente el 26 de diciembre de 1966 y en su casa de Av. Del Trabajo 1235,
un paro cardíaco apagó su vida.
El mundo del fútbol le rindió homenaje, su club en señal
de duelo entornó todas sus puertas y puso su bandera a media asta. Los
Quemeros lo recordaremos agradecidos por siempre.